GENTE SIN ROCE. Un micro de Marina Gurruchaga.
- raminavictrix
- hace 14 horas
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Verano de sol, de geranios y de hierba de limón. Incluso había —o eso recuerdo— colibríes escapados del parque botánico, la llamada Alamedilla, en Salamanca. Verano a la fresca en el balcón de fondo amplio, con mesa y sillas blancas de metal trenzado, cerveza y mejillones que la tía-abuela ofrecía a las nietas-sobrinas entre risas y agitaciones. Bajaban otras tías abuelas de los pisos del edificio compartido, y revoloteaban, contaban cosas. Verano de mujeres y de niñas, con visitas breves de algún marido también simpático que mezclaba con agua la ceniza de su pipa para hacer una pasta repugnante con la que divertir a todas.
La casa, cerca de la Iglesia Redonda, había sido adquirida por las cinco hermanas de mi abuela, herederas de indianos regresados de Argentina (población: José Blanco, hoy englobada en Buenos Aires)- y el portal, que olía a a gasóleo de calefacción central y a torta de pan de trigo candeal, era muy claro, de un mármol apenas veteado que más parecía la piedra serena de los edificios renacentistas que nos esperaban fuera, más allá de la Plaza Mayor, increíble y sonora. Bajo los medallones de sus arcos parecía acogerse toda la vida de aquella ciudad planetaria, y en el café Novelty todavía se escuchaban las engoladas frases (sí, Unamuno se escuchaba mucho a sí mismo, según contaba mi abuelo, asistente a las tertulias) del simpar Don Miguel. Si el paseo continuaba y girabas al barrio de la Catedral, allí los quejidos de las golondrinas, en perpetuo alboroto, hacían más agudos y ardientes los cipreses frente a la gran fachada renacentista, brillante y labrada como un medallón charro.
Muchas veces les oí repetir, como un adaggio familiar: “Gente que no viaja ni alterna, gente sin roce ni preparación… gente de pueblo”. Y sin embargo, sus propios viajes consistían casi siempre en tomar las aguas en Baños de Montemayor; todas eran maestras —de aquellas que obtuvieron plaza en las grandes convocatorias de la República— y aún conservaban tierras en Vitigudino, patria chica de aquella familia grande y sentimental. Pero quizá precisamente por eso defendían con tanta pasión el roce y la conversación, como quien protege algo frágil de lo que no quiere verse desposeído.
Al siguiente verano una gran noticia se extendió por el edificio: la hermana monja carmelita, que había estado durante décadas (tenía veinte años cuando profesó) en un convento de Tonalá, en México, había colgado los hábitos. Nosotras nos enteramos cuando, en una de las visitas vespertinas, al poco de llegar al piso de los abuelos, nuestra tía abuela Chonita (curioso diminutivo castellano de Asunción) nos lo contó, en voz quizás un poco baja para la que ella solía emplear. Se estaba quedando ahora entre las carmelitas de Salamanca, mientras ordenaba sus papeles; pero enseguida vendría a vivir con una de las hermanas, la que estaba viuda y con hijos ya emancipados desde hacía años.
Cuando la conocimos recuerdo que me resultó muy diferente de mis otras tías. No por sus rasgos físicos, que también (era rubia y de ojos verdes, gatunos), sino porque apenas hablaba y miraba con un cierto peso, fijeza, no sabría bien describir esa forma de intensidad. Nos preguntó, muy elegante, con un precioso acento mexicano –que nosotras escuchábamos embelesadas por vez primera-, por nuestra vida, nuestros estudios, nuestros gustos. Sí creo que hubiera auténtico interés por retomar la vida familiar, completamente abandonada durante más de cuarenta años, pero aquellas palabras sonaban –entonces no era capaz de verbalizarlo, hoy es como lo pienso- a lo que una instructora de novicias emplearía en el primer tanteo de una joven con vagas aspiraciones místicas, inclinaciones aún confusas que conviene despejar antes de permitirles crecer.
Nos encontramos con ella muchas veces en nuestras visitas a las tías. Unas veces la veíamos en una terraza, otras en el portal, cuando volvía de alguna parte (¿seguiría yendo a misa, nos preguntábamos?). Siempre tenía una mirada amable y palabras que se advertían troqueladas para la ocasión del encuentro con unas niñas ajenas, que, además, vivían en un norte lejano, donde ella quizás jamás había estado. Una tarde me atreví a preguntar a una de las tías el por qué de la súbita renuncia a una vida que supongo ella preveía duradera, allá cuando cruzó el océano desde la Salamanca de su juventud. Nuestra tía-abuela, una vez más bajando la voz, nos dijo, súbitamente suspendidas la alegría y agitación habituales en ella, que no se lo había dicho a nadie. Sólo que volvía para quedarse.
Pasaron dos, tres veranos. Cuando volvíamos a Salamanca, era cada vez por menos tiempo: chicas adolescentes, teníamos amigos, ya otro mundo, y además el piso, fallecidos los abuelos, fue puesto en alquiler a estudiantes universitarios. Así que nos quedábamos uno, dos días en casa de alguna de las tías, y allí seguíamos un poco la vida de todas ellas en las conversaciones de las terrazas, que, como eran ya mayores, tenían menos geranios, porque no estaban ellas ya para cuidarlos tanto.
Un día, en Santander (pleno invierno de brumas y grisura, lo nuestro siempre), mamá nos contó que la “tía monja” se había casado en México. Que había vuelto a Tonalá, con más de setenta años, y allí se había casado con un hombre, también mayor. No había que ser muy diestro para imaginar, para reconstruir. En todo caso, era lo único que podíamos hacer, dado que nadie iba a explicarnos nada, quizás porque tampoco supieran los detalles.
Nunca volvimos a saber de ella. Nos quedó un regusto por el acento mexicano, empero. Una ligera nostalgia incluso —nostalgia de casi nada— por aquellos tres veranos de misterio y geranios.



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