Hombre y avión. Un micro de Marina Gurruchaga.
- raminavictrix
- 20 mar
- 6 Min. de lectura

El avión pasaba por la mañana, pronto, muy cerca de su casa. Precedía en dos minutos y veintinueve segundos al timbre de su despertador, una caja negra de la que emergían los rectos travesaños encendidos de los números que simbolizaban el tiempo. Un tiempo amaestrado, a su servicio, reconocible, y que al mismo tiempo le llevaba, dócil como un perro, rítmico como un nadador, surcando hacia adelante ese mismo haz de realidad.
Era sólo un sonido más, que quizás le molestaba unos segundos, potencia en estado puro que al mismo tiempo le despertaba el recelo animal de que, por un accidente, le cayera encima. En determinado momento, no recordaba cuándo, comenzó a escuchar con atención aquel estruendo, y surgió primero leve, más tarde impetuosa, una emoción que era al mismo tiempo –pero sin serlo completamente- anticipación, alegría, aceptación de algo que era inevitable; en definitiva, la fortuna de aquella elección que no había realizado: el sonido que se imponía y que otros habían decidido que escuchara.
Nunca había pensado en volar. Cuando era joven, aquello era excesivamente caro, y ahora, a cierta edad, para un hombre sin familia–apenas una hermana con tres hijos que de vez en cuando se manifestaba-, la posibilidad o la necesidad de ir a ninguna parte era eso: ninguna. Tampoco tenía una gran afición al viaje, que inevitablemente iba a traducirse en gasto, incomodidad y una soledad aún más realzada. Le bastaba con el leve y amable tráfico social de la oficina en la que trabajaba, su rutina diaria –salpicada de algún divertimento o gratificación- y eso era todo.
Con el tiempo, incorporó otros gestos.
Algunos días, iba al aeropuerto por la tarde. No con frecuencia —no quería convertirse en un personaje demasiado recurrente, o parecer un pederasta que vigilaba el movimiento de los viajes escolares —, pero sí lo bastante como para que el lugar comenzara a desplegar ciertos encantos, autoadministrados en una secuencia estable, que acompañaban al omnipresente ruido de los aviones en su despegue o aterrizaje. Le gustaba el brillo de las baldosas algo anticuadas de la sala; contemplaba con atención los artículos en la máquina de vending: los resplandecientes y coloridos blisters con galletas variadas, aderezadas con todo tipo de delicias, y los zumos de envases perfectamente paralepipédicos en los que las frutas impostadas esmaltaban y prometían la eterna juventud. Su periplo acababa cuando, frente a los ventanales, asistía a las últimas llegadas que requerían ya de la iluminación de la pista, escamoteándole la coreografía, al principio ridícula pero que más tarde aprendió a apreciar, e incluso a comprender, de los técnicos en sus tareas.
Llevaba una maleta pequeña, inicialmente vacía pero más tarde completada con lo que él pensaba que convendría a un destino medio: un libro, un maletín de aseo, un pantalón, una bata ligera de hotel. La ponía junto a su asiento, en el extremo de la fila, comprobando de vez en cuando si seguía en el mismo lugar. No imaginaba destinos ni se veía en el interior del avión. Se aproximaba apenas a ese estado intermedio, el de la preparación del viaje, cuando todo nuestro yo se pone en cuestión ante el cambio de lugar, de circunstancias, asumiendo riesgos no calculados y permitiendo la entrada a borbotones de un chorro de realidad impredecible, que nos cambiará para siempre, y que será –probablemente- maravillosa. Ese limbo prolongaba la emoción casi puramente física del sonido desbordante del avión, prometiéndole, de manera indefinida, algo nuevo, algo distinto, que no podía ni quería determinar. Y para conseguir todo eso, tanto, tan sólo debía permanecer allí.
El premio llegó sin anunciarse. Un sorteo entre empleados al que ni siquiera recordaba haberse apuntado. Luego le dijeron que una compañera afectuosa había pensado en él, comprando en su nombre la participación –a este hombre tan solitario, qué bien le vendría darse un paseo… - . Durante unos segundos no entendió lo que le estaban diciendo. La alegría de todos, por él. Había que devolver ese entusiasmo, mostrar agradecimiento; incluso convidó a todos en el bar de la esquina.
Era un viaje. Y en avión.
El resto del día no quiso pensar en ello. Precisamente aquella tarde proyectaba ir al aeropuerto (ya tenía la maleta en el coche, como siempre). No fue.
Por la mañana, despertó antes de tiempo. El avión pasó. No sonó igual: le pareció incluso que uno de los motores –cosa extraña, detectar dos motores, cuando seguro que se trataba de un aparato a reacción- repiqueteaba levemente, roncaba incluso. Aquel ruido ya no se imponía, triunfante, absolutamente ajeno a él, sino que le cuestionaba, establecía una relación directa con su persona, le esperaba incluso.
Tenía que ir a la agencia de viajes para formalizar las cuestiones relativas al premio. Dejó pasar los días. Uno de ellos volvió al aeropuerto, pero la desazón le invadió, como si algo le estuviera royendo internamente, y se marchó enseguida. Ni siquiera el sobre de frutos secos que compró en la máquina bastó para hacerle permanecer en su asiento acostumbrado frente a los ventanales durante el tiempo habitual. En casa, el sonido del avión por la mañana le enervaba y comenzó a usar tapones para los oídos. Ahora dependía de su reloj digital para levantarse, y esto le hacía despertar constantemente desde la madrugada, no fuese que se durmiera y llegara tarde a la oficina. Allí trabajaba con desgana, cansado por el duermevela y la inquietud ante el día de la salida, que se aproximaba inexorablemente.
El tiempo era antes un aliado, una cinta transportadora, sedosa y nítida, pero ahora representaba algo que no quería reconocer: una imposición. Le exigía un gesto. Tenía que perder algo para ¿ganar? otra cosa. Pero no quería ganar. Estaba bien allí, observando a los aviones, su vuelo decidido, el movimiento que impulsaban a su alrededor, las idas y venidas, los flujos de viajeros y la onda de sus emociones, bien perceptibles en sus gestos y voces. Quería seguir pensando que podía cambiarlo todo, pero a su arbitrio; incluso que contaba con la libertad de, quizás, no alterar nada: algo así como sucede con esas semillas que aparentemente han petrificado su impulso vital y se mantienen, en condiciones de sequedad o frío extremo, detenidas en el umbral de la existencia, engañando al tiempo casi indefinidamente.
A manera de compensación, se vio definitivamente renunciando al viaje, despertando a la misma hora, esperando como siempre el paso del avión, regresando al aeropuerto de vez en cuando. Pero el equilibrio se había roto definitivamente. Ya no existía la posibilidad de la elección; la elección se había producido. El sonido del avión ya nunca sería igual; descubriría manchas en las baldosas del hall; faltarían sus galletas favoritas en la máquina de vending. También habría perdido ese mundo nuevo, inimaginable, al que la conclusión del viaje le habría podido conducir. En realidad la decisión se había producido ya, pero sin consultarle.
En la mañana del viaje, tomó su maleta y se encaminó a la parada de taxis más próxima. El sol se asomaba tras del edificio del final de la calle. Mientras el coche se dirigía raudo al aeropuerto, puso una tostada en el tostador y se preparó un café cargado. Contempló la maleta abierta sobre la cama mientras observaba a los barrenderos comenzar con su tarea, eterna como la de Sísifo. Al llegar a la gran sala de recepción de viajeros, tras de recorrer los previsibles itinerarios señalados con adhesivos de colores básicos, entró en la ducha de su casa y se frotó vigorosamente la espalda con un cepillo. Mientras el agua caliente le terminaba de despertar, la voz ambiente, también un poco soñolienta, convocó a los viajeros a su puerta correspondiente, una vez colocada su maleta (la de siempre) en la cinta transportadora. Sentado en el espacio acristalado, mientras contemplaba la evolución de un avión recién aterrizado, tomó el autobús habitual para ir a su trabajo, algo más vacío de lo habitual.
Cuando llegó a la oficina, el hombre que se había sentado a su lado en el avión le preguntó con voz de decepción por qué no había ido finalmente de viaje; los motores vibraban cuando le contestó que no tomaba ya ese destino. Luego pensó que en realidad no había dejado de ir. Sólo que no era él quien se marchaba. Pero no dijo nada y, tras de ajustarse el cinturón, encendió su ordenador, mientras el suelo comenzaba a alejarse y, poco a poco, las nubes terminaban por borrar el horizonte.



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