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Perro y anacoreta. Un micro de Marina Gurruchaga

  • raminavictrix
  • 19 mar
  • 6 Min. de lectura

Actualizado: 11 abr

 

 

-       San Pacomio, San Esteban, Santa Eulalia, San Antonio… perdonad mis culpas, conducidme al cielo, perdonad mis culpas, libradme del Enemigo, perdonad mis culpas… ¡Ay, ay, ay! Perdonad mis culpas… (correazo, correazo, golpe, correazo) ¡Ay, ay, ay!


El perro apareció trotando levemente, levantando un polvillo dorado al sol crepuscular. Husmeaba, hacía círculos, cada vez más cerca. El anacoreta dejó de castigarse con el cinturón terminado en dos pequeños clavos y levantó la vista cuando escuchó sus rítmicos pasos. El perro le miró, al anacoreta detenido, del color de un viejo tronco nudoso, en su desnudez apenas cubierta por una poblada barba canosa, rizada, larguísima… . Las piernas también esenciales, musculosas, renegridas bajo las rodillas, los pies como pezuñas gruesas con largas y retorcidas uñas.


El perro vio la cueva. Era eso lo que andaba buscando. La tarde caía, tenía delante su refugio. Se echó delante del anacoreta y suspiró.


- Hombre en silencio. Hombre que no hará daño. Hombre que no tiene comida ni para él, ni para mí.


El anacoreta no dijo nada cuando el perro entró en la cueva y se tendió cerca de la entrada. Había cerrado con algunos maderos la mayor parte de su boca, para aislar del frío su interior, y en su frente, donde aún llegaba la luz, tenía una pequeña banqueta y una mesa sencillas; más al fondo había colocado una estera gruesa sobre un montón de hierba seca. No pasaría nada si el perro se tumbaba cerca. No les tenía miedo, a los perros. Recordaba a uno que le acompañaba cuando era pastor.


El anacoreta despertó al día siguiente al despuntar el primer resplandor. Bebió un sorbo de agua y tomó nuevamente su cilicio. El perro le miró sin comprender.


- Hombre que grita. Hombre que castiga.


Y se apartó de él, no fuera que algún golpe le rozase.


El anacoreta salió aquella mañana por las peñas cercanas. Buscaba hierbas, tubérculos, raíces, cualquier cosa que le llenase un poco el estómago y que además  causara repugnancia, la mayor posible. Porque el anacoreta vivía inmerso en un gran trabajo, siempre renovado: cada dolor era un peldaño en la escalera que le llevaba al cielo.


El perro le acompañó, a una cierta distancia. Cuando el aroma del fruto llegó a su sensible hocico, escarbó con las patas y desenterró un fragante tubérculo. Lo cogió delicadamente con la boca y lo puso a los pies del anacoreta.


- Come. Descansa.


El anacoreta, sorprendido, rascó la cabeza del perro en señal de agradecimiento. Pero luego pensó si acaso era bueno bien que no le hubiera costado un gran esfuerzo, traducible a heridas en los pies y en las manos por cuenta de los matorrales espinosos y las piedras agudas, encontrar aquel alimento. Que quizás el obtener fácilmente la comida era una tentación diabólica y que el perro podría ser, en realidad, un espíritu inmundo que le apartase de su empeño.


Pero miró al perro, los ojos brillantes, su boca apenas entreabierta. También el cuervo había auxiliado a Antonio, el padre del desierto, alimentándolo y cuidando sus pasos.


- Encontrar un hueso para ti. Traer un animal caliente.


Al día siguiente el anacoreta fue quien seguía al perro. Entonces se estableció esa costumbre: cada mañana ambos salían por la mañana, recorrían el área cercana y buscaban cualquier vegetal de los que allí se encontraban.


El anacoreta ya no se dedicaba sólo a mortificarse. Empezó a golpearse menos veces y a cantar en voz alta algunos salmos e himnos que había aprendido cuando, joven pastor, comenzó su adiestramiento como eremita, acompañando en su reclusión a un santo que moraba en una cueva.


- Cantas, tu dolor es menos grande. Tu dolor es estar solo. Aunque ahora no estás solo. Tu dolor es existir.


Con el paso de los días, el anacoreta fue escarbando en su interior algo que quizás fuera una semilla de alegría. No sabía ya qué cosa era eso. La había paladeado muy brevemente, cuando no le golpeaban, de niño, y estaba en los campos, tocando su flautilla de barro; cuando nacía un cordero negro que durante algún tiempo era como un amigo cercano con el que jugar; cuando le sobraba algo de carne al pastor más viejo y le daba un trozo. También recordaba la sensación de paz que tuvo cuando escapó del lugar donde era tratado casi como un esclavo, y se fue lejos, escondiéndose en las ruinas y las cuevas hasta que se cercioró de que su rumbo era difícilmente localizable. Entonces escuchó a algunos caminantes hablar de Félix, un hombre de Dios, que acogía jóvenes y les convertía en santos.

Durante varios años vivió con este anacoreta, que era un hombre silencioso pero bueno. Comió y bebió -poco-, se mortificó, cantó, rezó, y fue libre, al menos en cuanto a que ya no tenía que temer las palizas de su amo ni de los pastores ancianos. Libre y a veces feliz, cuando sabía que ya ese día había terminado su mortificación y escuchaba, con el corazón ligero, a un pájaro cantar lejos, o a algún ratoncillo jugar con su cola, o hacer rodar una piña. Cuando Félix murió, se ocupó, con los otros muchachos, de enterrar su cuerpo en la misma cueva en la que habitaba, y recibió a las crecientes multitudes que venían a rogar favores al que ya se consideraba un santo.


Pero cuando uno de aquellos visitantes le miró con sospecha, y musitó algo a su acompañante, y él creyó que aquel hombre pronunciaba su viejo nombre, aquella misma noche recogió sus escasas pertenencias y se marchó.


Recorrió durante varios días un camino cada vez más empinado y seco, y finalmente encontró aquella cueva, suspendida sobre un valle algo verde pero no demasiado, y detuvo sus pasos. Allí había vuelto a alcanzar su paz, aunque no exactamente su alegría, y finalmente se había convertido él también en un nuevo Félix, como le conocían los escasos pobladores de aquel lugar cuando iban a pedirle que bautizara a un niño o recitase una última oración a un moribundo.


El perro a veces se marchaba, pero siempre volvía. Aparecía trotando, con algo en la boca, que no era carne, porque ya había percibido que Félix nunca tocaba las piezas que él cazaba: pequeños pájaros, roedores y algún conejo de pelo sedoso.  


Félix recitaba al perro las oraciones que había aprendido. El perro le miraba. El perro quizás le entendiera. Quizás rezase con él. Quizás era un amigo, un perro monje.

Una tarde de verano. Sopla el viento en los árboles. El viento entra en la cueva y la cueva también canta.


- San Esteban, Santa Leocadia, San Juan, San Pacomio… tened piedad de mi. (Correazo) ¡Ay, ay, ay! (correazo) … Pero, ¿qué haces?


El perro, firme pero suavemente, había cogido con los dientes su muñeca justo en el momento en el que el anacoreta levantaba el brazo para infligirse un nuevo latigazo.


- Hombre bueno. No hay daño. No hay culpa.


Félix miró al perro. Recordó la semilla de felicidad que todavía se encontraba, muy pequeña, enterrada dentro de él. Estaba a un paso de encontrarla. Casi la veía despuntar, bajo la forma de una mata florida. El perro soltó su brazo y ladró brevemente. Félix suspendió su látigo y lo dejó en el suelo.


A la mañana siguiente recogió sus cosas y descendió por el camino serpenteante que bajaba la montaña. No era malo que el perro le siguiera. No era malo que esto le diera alegría. No era mala la alegría. No era malo tener un amigo.


- Otro lugar. Otra vida.


Félix volvió a caminar muchos días. Esta vez no rechazó las presas que el perro le traía, y por la noche, al calor de una hoguera, las cocinaba para ambos. Un día se encontró una oveja y su cordero, ambos en mal estado, abandonados a su suerte y consumidos por la sarna. De su etapa de pastor conocía las hierbas necesarias para cuidarlos, y así lo hizo, hasta que la oveja y su cordero, ya curados, comenzaron a seguirle en su camino. Con el tiempo tuvieron crías, y se formó un pequeño rebaño que Félix y su perro pastoreaban. Félix tocaba la flauta, esta vez tallada en un hueso de pájaro, y volvía a acariciar la mata florida de su alegría. Ahora cantaba y rezaba, pero no se golpeaba.


- Hombre que cuida. Hombre que crea. Hombre santo.



 
 
 

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