VERDUGADO. Un micro de Marina Gurruchaga.
- raminavictrix
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Actualizado: hace 17 minutos
“Las formas exteriores guardan las interiores”.
Diego de Saavedra Fajardo, Empresas Políticas (1640).
Durante un tiempo dudó si comprarlo o no por internet. El precio no era excesivo; había barajado además otras posibilidades, como recurrir a sastrerías especializadas que hacían ascender el precio de una forma desmesurada, proporcional a la calidad del producto. Con una versión de categoría inferior le inquietaba la posibilidad de recibir algo distinto de lo que mostraban las fotografías: una versión aproximada, más decorativa que fiel, que hiciera transparente cierta condición de atrezzo.
Aun así, le parecía una pena no tener ese objeto en su casa. Máxime cuando dicho período histórico formaba parte de sus lecturas, viajes e intereses desde que podía recordar, y por lo tanto era de alguna forma una extensión de su personalidad, cierta justicia que se hacía a sí misma. Pensó que bastaría con conservarlo, como se adquieren y atesoran ciertas piezas cuyo valor no depende de su uso. No podía saber si volvería a encontrar algo similar en esas condiciones. Y además el impulso era tan fuerte, la ocurrencia tan significativa, que lo que era al principio una mera posibilidad parecía devenir en un riesgo. Siempre había supuesto, en cualquier caso, que sería difícil encontrar una ocasión para ponérselo.
Cuando finalmente llegó, lo examinó con detenimiento. Ya sabía que el vestido que buscaba no era un vestido, sino una construcción. El diseño no seguía las formas naturales de la mujer, sino que las negaba, las reformulaba más bien. Era una superficie dura como la proa de un barco, tensada desde los hombros hasta la cintura por secretos resortes y artilugios ocultos, refuerzos y tiranteces, como si fuera la escena de un teatro tras del cual sucedían otras cosas, muy distintas de las aparentes. No recogía, no reflejaba la curvatura del pecho: sólo descendía como una plomada, que obligaba a quien lo llevaba a la rigidez y al avance, hendiendo los aires como un bajel corta las olas. La cintura era sencillamente un estrechamiento, como el de un reloj de arena bajo el que circulaban los humores y se tensaban los músculos; una exigencia de la geometría, sin referencia ni concesión alguna a una posible maternidad en ciernes.
Debajo de la falda, el verdugado. Una estructura de cercos de mimbre rígidos para sostener y dar forma cónica, completar la estructura del traje. Desde la cadera, la falda recreaba el segundo triángulo necesario del sistema arquitectónico femenino, intentando mantener plano el frente que se había iniciado en el corpiño y el peso de las pesadas telas retirado hacia atrás, ordenando los paneles con la estrategia de una batalla necesaria.
Las mangas no surgían del vestido, sino que se añadían como si fueran los brazos de un autómata. Ajustadas pero al mismo tiempo recreando mediante la alba camisa amplitudes y desórdenes muy estudiados, se sujetaban con cordones que dejaban al aire la breve axila. El pináculo del sistema era la gorguera: una bandeja rígida que sostenía la cabeza, la ofrecía y destacaba merced a la blancura en cuchillo de sus pliegues y el contraste con su rizado interior oscurecido.
Y sin embargo, lo que le había llegado por correo no era exactamente aquello que conocía. El modelo moderno conservaba la apariencia —el aterciopelado negro profundo, las verticales franjas en símil de brocado de oro, las aspas bordadas remarcando los pliegues del corpiño y las piezas de la falda —, pero había sido vencido en lo esencial: el cuerpo volvía a ser cuerpo femenino, respetando la curvatura de los pechos, el doblez de la cintura, la movilidad de las mangas, el espacio para que se declarase el cuello. La falda, sin verdugado, no era una campana o el cuerpo de un reloj, rígida, carcelaria, recta como la proa de una nave, sino la vela móvil que flexible acompañaba el movimiento, que nacía no de sí mismo sino de la voluntad de la mujer que la portaba. Era, en suma, una ensoñación a partir de un recuerdo, que había perdido su propósito profundo pero que aún tenía un poderoso poder de evocación.
Durante algunos días lo dejó expuesto, sin intención de usarlo, en una percha alta. Lo miraba de vez en cuando, una vez superadas (tristemente) la ansiedad y la ilusión de la incertidumbre. Su entidad como atrezzo fue ganando peso a medida que pasaban los días. Y la idea original —la de sólo conservarlo— fue perdiendo consistencia.
Era profesora de historia. Durante las vacaciones de Semana Santa solían desplazarse, ella y su familia, brevemente a algún lugar histórico que se pudiera visitar. En esta ocasión añadió en el equipaje el vestido, cuidadosamente plegado. Su madre, que cosía extraordinariamente bien, había corregido algunos detalles en los días previos: tensado ciertas costuras, ajustado las mangas, añadido alguna ristra de perlas falsas al corpiño y realizado un pequeño bonete también de terciopelo negro. No se trataba de embellecerlo, sino de aproximarlo.
El trayecto transcurrió sin incidencias. Ella no había compartido con su marido y sus hijos la intención que le rondaba por la cabeza, que era la de ingresar en el lugar elegido vestida con su traje de verdugado. En el hotel se preparó y apareció de repente en la cafetería, donde la esperaban para ir al palacio, perfectamente caracterizada. Le importaba poco ya si aquello podía constituir una muestra de delirio, demencia o exhibicionismo. El momento no le pareció tan disparatado como se lo imaginaba, sin embargo. Así como el vestido exigía ser asumido en su conjunto, también aquel momento, tuviera el sentido que tuviera, debía también ser valorado como la prueba o el resultado de algo que tampoco alcanzaba a comprender, pero que era real y se había producido.
Al contemplarla por primera vez, su marido la miró durante unos segundos sin decir nada. Los niños rieron primero, luego se detuvieron, como si no supieran muy bien si la situación lo permitía. Nadie formuló una objeción clara.
El acceso al recinto se produjo sin incidentes, aunque el proceso fue más lento de lo habitual. En la entrada, uno de los vigilantes la observó con detenimiento, no tanto con sorpresa como con una cierta dificultad para identificar lo que veía. Dudó un instante antes de indicarles el paso. Quizás pensara que la organización había programado una sesión ludica y no había sido informado a tiempo. En el interior, la circulación de los visitantes no se alteró de forma evidente. Algunas personas giraban la cabeza al cruzarse con ella; otras mantenían la mirada un segundo más de lo necesario. Un grupo se apartó ligeramente para dejarla pasar, sin que quedara claro si se trataba de una deferencia o de una precaución. En ciertos momentos, parecía imponerse una interpretación tranquilizadora: como el vigilante, algunos visitantes daban por hecho que formaba parte de algún tipo de actividad organizada o una dinámica de animación del lugar. Esa suposición circulaba sin necesidad de confirmación, lo bastante plausible como para no exigir explicaciones. Sin embargo, esa misma hipótesis no terminaba de sostenerse. No había señalización, ni grupo, ni referencia visible que la justificara. Una mujer, de hecho, se acercó a ella y le preguntó a qué hora comenzaba el espectáculo. Ella sonrió pero no dijo nada. Cuando llevaba recorrido casi todo el recinto, un empleado de seguridad se aproximó con discreción y le preguntó si participaba en alguna recreación histórica. Ella negó con la cabeza. Él asintió, como si la respuesta no modificara sustancialmente la situación, y permaneció unos instantes cerca antes de retirarse.
Mientras tanto, su marido y sus hijos habían desaparecido. Quizás ya estuvieran fuera, tomando el aire en los jardines del palacio. No era cuestión de sacar el móvil y arruinar el efecto. Después recordó que tampoco lo llevaba encima.
A medida que avanzaba por las galerías, empezó a notar una variación difícil de precisar. No era exactamente una incomodidad, aunque en ciertos momentos —al cruzarse con grupos de visitantes, al sentir el roce de las telas contra superficies modernas, al percibir alguna risa contenida— tenía una conciencia nítida de lo que, en otras circunstancias, habría considerado una exposición innecesaria. Como sentir, de manera desdoblada, ausente, la sensación que se produce en una pesadilla de aquellas en las que se intenta correr, o dirigirse a alguna persona, pero es imposible conseguir tal propósito.
Sin embargo, la sensación de ridículo, de vulnerabilidad, se diluía con rapidez: en su lugar aparecía otra intención, un nuevo deseo, que no se dirigía hacia los demás, sino hacia la valoración de la relación entre el vestido, el espacio y los objetos encerrados en vitrinas que, efectivamente, ya existían cuando la idea original del vestido, su arquetipo real, era también algo cotidiano y lleno de sentido. Bajo las puertas que atravesaba efectivamente se habían deslizado personas que portaban ese atuendo y se conformaban, sin juzgar, sin esperar otra cosa, con aquellas prendas, aquellos movimientos, aquella geometría. Los patios, los pasillos y las salas por las que deambulaba se habían creado bajo la suposición de que serían surcados por mujeres completamente imbuidas de la conciencia, la definición del mundo y de su propio cuerpo, que latía en cada pieza de tela, en su corte y forma, del vestido respecto al cual el atuendo que llevaba era un reflejo. También aquellas redomas, los búcaros y los rosarios, y tantas cosas que se encontraban tras de las vitrinas, inevitablemente, por el paso del tiempo, habían perdido su superficie original, y se encontraban gastados, empalidecidos por el oleaje del tiempo, que había roído su prístino brillo, eliminado el sudor de los dedos de sus propietarios.
Lo que estaba haciendo era una forma diferente de constatar dicha situación, dicho resultado, y de reestablecer cierto equilibrio en la situación caótica que el alud de años había precipitado. En algún momento el espacio comenzó a vaciarse de visitantes (la hora de cierre se acercaba) y pudo encontrarse sola en las habitaciones, lo cual añadió una nueva percepción del sonido de sus pasos y del roce del vestido al desplazarse, además de la cualidad de la luz al enfrentarse a las aristas de puertas y ventanas, los recovecos y las telas endurecidas de los cuadros de época que decoraban las estancias, y los dorsos de los objetos en sus cajas de cristal. Se sentó en una silla como si esperase algo o alguien.
Al salir, algunos visitantes seguían observándola. Una mujer comentó algo en voz baja. Un niño se volvió para mirarla mientras se alejaba. No intentó interpretar esas reacciones. El trayecto de regreso transcurrió sin comentarios relevantes. Sus hijos volvieron a sus dispositivos, su marido condujo sin hacer preguntas. Nadie mencionó el vestido. Tan sólo, cuando pararon un momento en un bar de carretera, hubo algunas miradas sorprendidas de los clientes.
En casa, el proceso de quitárselo le llevó más tiempo del que había previsto. Las piezas no cedían con facilidad, como si su ajuste hubiera adquirido una consistencia distinta. Tuvo que desatar con cuidado los botones, aflojar progresivamente las tensiones, permitir que el cuerpo recuperara una forma que, durante unas horas, había dejado de ser necesaria.
En casa volvió a vestirse con su ropa. Al principio tuvo la impresión de que le faltaba algo, no en sentido material, sino en la forma en que el cuerpo se sostenía, o, más bien, se desbordaba. La ropa habitual le resultó inesperadamente imprecisa, como si permitiera un margen excesivo en los gestos, en la posición, en la manera de ocupar el espacio; parecía que contaba ya con ese leve dolor que producían el peso, la rigidez, la falta de flexibilidad que el vestido provocaba. Durante unos instantes intentó corregir esa falta de definición, sin éxito. Al día siguiente todavía percibía una leve inexactitud. Con el tiempo comprendió que no se trataba de incomodidad, sino de una forma distinta de exigencia a la que ya no respondía del todo.
No habría sabido decir en qué consistía exactamente, pero esa inadecuación le permitía sostener una continuidad suficiente entre lo que había ocurrido y lo que seguía ocurriendo. En ocasiones pensaba en volver a ponerse el vestido. No como una repetición, sino como una forma de verificación.
Días después, al salir a la calle, advirtió de reojo su sombra proyectada contra una pared y se detuvo un instante, sorprendida por lo que veía. Le pareció que descendía con una firmeza excesiva, como si no se limitara a seguir el cuerpo, sino que lo anclara. Desde la cintura, la forma se abría con una amplitud contenida, sin plegarse, manteniendo una tensión que no correspondía al movimiento. Avanzaba con una rigidez continua, sin corrección posible, como las ruedas dentadas de un ingenio se engarzan en su hueco. Durante un instante tuvo la impresión de que no era ella quien la proyectaba, sino que aquella forma, ya dispuesta, le imponía la dirección y el gesto.
Continuó caminando sin volver a mirarla. No sabía si llegaría a dejar de ser necesario.



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