LA TIERRA. Un micro de Marina Gurruchaga.
- raminavictrix
- 3 abr
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Actualizado: 4 abr

Un día soñó con la pradera que atravesaba, en uno de sus itinerarios de paseo, verde y segada como tantas veces la había visto, preparada para las actividades deportivas de los vecinos que el entusiasta colegio público adyacente estaba promoviendo desde el otoño. Pero la vió enhiesta de resucitados, que emergían de sus tumbas antiguas, vestidos de blanco, con los rostros dirigidos al sol que en la tarde se ocultaba ya. Todos eran jóvenes y permanecían inmóviles, los labios cerrados, sin rastro de suciedad o podredumbre, a medias emergidos de la tierra sembrada de las primeras margaritas.
Durante años le había obsesionado el niño Tages, nacido de la tierra para adoctrinar al hombre y rápidamente desvanecido mientras los campesinos aprendían su oráculo. La gravedad del surco, su rastro sagrado en las eras y en las vidas de aquellos a los que daba de comer, se le antojó parte de aquella súbita revelación. Ahora miraba los campos al paso e intentaba imaginar escenas pasadas de trabajo, la construcción de los muros de piedra, la conducción de los lentos animales resignados. En realidad siempre le había parecido mucho más lógica la concepción subterránea del inframundo, destino inevitable de todos los ciclos vitales, que aquellos alardes forzados del ascenso al firmamento, incluida o no la conversión en astro.
Le interesó adquirir un trozo de tierra. Donde vivía la vegetación lo invadía todo, suprimía la relación con lo geológico y lo mortal. Avanzó más hacia el sur, donde las montañas se disolvían en mares de arcilla salpicados por colinas apenas rizadas de carrascas, invernales racimos cobrizos que en su verde veraniego conservaban algo del tono ceniciento de los fuegos que inauguraron, miles de años atrás, tras de la era del bosque, los tiempos nuevos de la labor humana.Cercano había un pueblo de casas de adobe que una indefinible marea de gente sensible pero ajena al lugar había ido adquiriendo, por partes, para rehabilitar en una ensoñación chiriquiana de calles vacías, esquinas rectas y sombras elocuentes. Ascendiendo por el camino hacia la era, junto a una ruina inasumible pero de elevada calidad estética, encontró un pequeño terreno, casi huerto, por un precio conforme a sus posibilidades.
Salía a caminar por los campos. El pueblo junto a su terreno casi siempre estaba silencioso, aunque era un silencio que, como en los organismos vivos, se acompañaba de una respiración rítmica. Unas veces la melodía se encarnaba en sus propios pasos, retumbando en las calles vacías, otras veces en el viento que golpeaba una ventana, o cualquier cosa abandonada, ya lejos del núcleo habitado. La normativa le permitía construir una pequeña caseta para aperos. El adobe le atraía, pero no conocía a nadie que conociera la técnica. Así que optó por una estructura sencilla de madera, donde encajó como pudo un camastro, una mesa con un camping-gas y una silla junto a la pequeña ventana desde la que veía espejear un horizonte de trazos rectos, que, como el mar, nunca reunía las mismas luces ni los mismos colores.
Empezó a cavar junto a su cabaña. En la entrada del pueblo había una antigua bodega y se le ocurrió que él, bajo una peña escueta que aún pertenecía a su pequeña finca, podría conseguir si no una estructura tan compleja, sí una fresquera para dejar por lo menos el agua o el vino al abrigo. La tierra estaba blanda al principio, tersa y manejable. Después se endureció, cuando la humedad a todas luces no llegaba más abajo. Ahora todas sus estancias, cada vez más frecuentes, se dedicaban a profundizar en aquel pozo. Los vecinos empezaron a visitarle, al principio interesados en las especificaciones técnicas que el trabajo requería, mas tarde silenciosos, observantes. Finalmente no le visitaba nadie, e incluso, en sus escasas incursiones en el pueblo, notaba como una dificultad, una cierta evitación, a la hora de los saludos y los conocimientos.
Pero aún no estaba terminado. El verano seria tórrido, lo sabía bien. Cuando llegara el momento de clausurar el pozo lo sabría. Quizás sería un nuevo cambio en la densidad y textura de la tierra. O aflorasen piedras que harían imposible continuar profundizando. O surgiera nuevamente esa manifestación de la respiración del lugar, pero en esta ocasión emergiendo desde lo profundo.Y un día llegó, como una corriente de frescor, perfumada del olor a la arcilla antigua que un poro lateral del pozo debía de estar atrayendo, quizás desde alguna cueva exhumada por su actividad. Aún excavó con más empeño, pero, si bien la corriente de aire seguía manifestándose, no lograba dar con el lugar exacto del que provenía. Se adentró en el pozo para cavar en redondo y así terminar de localizar su punto de origen, pero sólo logró provocar pequeños derrumbes y tuvo que suspender el trabajo.
Inició una segunda excavación a escasa distancia, con la intención de localizar ese canal de comunicación que con seguridad se debía de encontrar próximo al pozo primero, ya abandonado. También en su fondo percibió una sutil humedad, acompañada de, esta vez, un sonido lejano como de algún objeto rodante que no era continuo pero sí evidente cuando se producía. En su pequeña casa, tumbado en la cama de noche, percibía algunas veces temblores sutiles. La fuente del pueblo, que más bien recordaba una picota, manaba solamente cuando él no se encontraba trabajando. Ahora volvía a soñar con aquellos jóvenes que emergían de la tierra. Pero los veía en el fondo de su primer pozo, mirando hacia arriba y sonriendo. No parecía que quisieran ascender, ni que le necesitaran para hacerlo. Entraban y salían de su vista, como si hubiera una puerta invisible que él, desde luego, no había logrado encontrar. Alrededor del pozo brotaban los lirios silvestres de un color púrpura que sugería una lejana parentela, quizás en eras lejanas, de plantas carnívoras sin asomo de piedad.
Apenas quedaba espacio en su terreno para hacer un tercer pozo; aún así comenzó, ya a final de primavera, la nueva obra. Tuvo que derribar la caseta para que el segundo y el tercer pozo no se superpusieran. En el pueblo encontró una casa pequeña en alquiler, lista para ocupar. Curiosamente, y a pesar de haberlo recorrido cientos de veces, no recordaba haberla visto antes. Las condiciones de la tierra pronto se revelaron inadecuadas para la excavación. Tampoco esta vez había trazas de que se encontrara sobre el canal de acceso a la sima que, estaba seguro, existía bajo la propiedad. Por lo tanto, poco después adquirió el terreno contiguo. Continuó excavando. Los pozos abandonados se derrumbaron enseguida, a la vuelta del verano. En aquel momento y de un quinto pozo comenzó a surgir agua, que pronto lo inundó todo. No la contuvo ni la aprovechó. Inevitablemente esto hacía necesario cambiar sus prospecciones a la otra ladera de la colina, donde adquirir un nuevo terreno no fue un problema. También el primer pozo apareció lleno de agua, mientras que los últimos se habían vaciado simultáneamente.
Un dia, al atravesar el pueblo a plena luz, le llamó la atención un grupo de jóvenes, sentados en el pretil de la fuente, tomando el sol. Las sombras se alargaban, sin apenas rozarlos. Llevaban prendas claras y algunos se tocaban con sombreros. El rumor del agua de la fuente enmascaraba un suave murmullo de conversación. Le sonrieron como si le conocieran. Uno de ellos le preguntó por el “campo de los pozos”. Él les ofreció enseñárselo. Cuando llegaron a la colina, la tierra era tersa y continua. No había ninguna variación aparente, ni inundación alguna. Los arbustos, de troncos gruesos y retorcidos, sostenían a los pájaros y partían el viento. Tenían las hojas pequeñas y gruesas, adiestradas para soportar alternativamente el frío y el calor del páramo. No le habría sido posible determinar dónde había comenzado a excavar.



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