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LA MONJA FANTASMA DEL CUARTO DE LOS ARMARIOS. Un microrrelato de Marina Gurruchaga.

  • raminavictrix
  • 27 oct 2024
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 11 nov 2024




Villa María, antigua sede del colegio del Sagrado Corazón de Durango.

 


Cuando era muy pequeña, en Durango, asistí a un colegio de monjas que pertenecían a una orden francesa. Todavía hace algunos años, en una visita a aquella pequeña ciudad donde viví, intenté encontrar el lugar donde se encontraba el que recordaba vetusto edificio: para mi disgusto, el colegio había desaparecido.

Algunas imágenes aisladas sobreviven en mi cabeza relacionadas con ese período: un patio lleno de árboles y grijo en los caminillos; hojas de papel con dibujos de frutas que había que escribir, copiando de un modelo en euskera y en francés, multitud de veces; el uniforme, sencillo, de faldas plisadas y en azul marino; pero, sobre todo, la leyenda, cuento o rumor entre las niñas que allí estudiábamos, de la “monja fantasma” del cuarto de los armarios.

Esta habitación era -recuerdo aún- un gran cuarto o patio techado para los recreos lluviosos, cuyo suelo, de baldosa hidráulica con diseños rojizos o granates, se encontraba bastante gastado, por ser probablemente muy antiguo ya, incluso de la época de la construcción del colegio, allá por los comienzos del siglo XX; pero su cualidad sobresaliente, y que había generado aquella historia maravillosa y aterradora, era que tres de sus cuatro lienzos se encontraban cubiertos de antiguas baldas y alacenas de madera, cerradas con puertas a la manera de numerosos armarios pintados de blanco. Muchas veces abríamos estas puertas, a pesar de que estaba prohibido, para meternos dentro, dado que éramos niñas muy pequeñas -calculo unos seis años, en mi caso- y cabíamos perfectamente en su interior.

Las alumnas más mayores, obviamente, eran la fuente de aquella historia: una de las monjas del colegio, ya difunta, se dedicaba a atrapar a las niñas que se quedaban rezagadas al tocar el timbre, y a encerrarlas dentro de aquellos armarios. El destino final de las así retenidas no lo recuerdo, pero seguro que era espantoso, como no podía ser menos, o no queríamos que lo fuera. De hecho aquellos dibujos rojos del piso ocultaban, se decía, auténticas manchas de sangre, producto de las maniobras de la monja.

Muchas veces he recordado el delicioso terror que me invadía cuando, una vez tocado el timbre, todas las niñas, como oscuros vencejos, con nuestros uniformes azules de faldas algo tiesas, ¿corríamos?: ¡no!, volábamos para escapar de la monja que nos acechaba en el cuarto de los armarios. Una de mis mayores decepciones cuando abandoné aquel lugar fue no haber visto jamás a aquella monja, ni haber sido atrapada en un armario por ella.

Cuando cambié de colegio y de ciudad, también recalé en un colegio de monjas, pero allí la única habitación ligeramente inquietante (aunque, desde luego, no lo suficiente) era un antiguo dormitorio que databa de los tiempos en los que el colegio administraba un internado. Era además la época de modernización de las órdenes educativas y mis nuevas monjas vestían casi como mi madre, por lo que el escenario no se prestaba a creer en presencias de ultratumba adornadas con todos los aditamentos (marfileñas tocas, negras haldas, rosarios tintineantes) necesarios para construir un auténtico arquetipo de perversión monjil.

 
 
 

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