LOS SUEÑOS DEL VIEJO TRADUCTOR. Un microrrelato de Marina Gurruchaga.
- raminavictrix
- 11 nov 2024
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 14 nov 2024

Aquella tarde, por vez primera, había traducido una frase del turco. Durante unos segundos el deseo placentero, la ilusión de un aprendizaje sin dificultades que avanzara como la proa de un barco surcando sin temor el mar del futuro, despertó en él una sensación real de capacidad y dominio, de renovada juventud intelectual. Se había jubilado hacía pocos meses, y la ilusión de ser por vez primera el dueño de sus días le impulsó a estudiar una lengua insólita, remota, que siempre le había atraído. Jamás había podido ir a Turquía, pero los poetas y los novelistas turcos le habían acompañado, desde un accidental encuentro, durante toda su vida reciente. Incluso se había interesado por la historia remota de aquel pueblo, embelesado ante la estampa de las compactas yurtas, en los contados documentales en los que aquellos paisajes esteparios orlados por las brumosas y azuladas cumbres del Altai se habían emitido en televisión.
Como vivía solo, sintonizó en la radio digital una emisora turca de contenidos variados, aumentando el volumen para, mientras se movía por la casa, no perder ni una palabra o canción, aunque tan sólo fuese para que el aprendizaje no dejase de avanzar ni un segundo. Compró un retrato de Attaturk por internet y lo enmarcó para colgarlo en el salón de estar. Después llegaron la tetera doble, la alfombra de diseños geométricos o kilim, y comenzaron a no faltar en la despensa el té de manzana, las delicias turcas o, de vez en cuando, alguna lata de hojas de parra rellenas, exquisiteces que adquiría en las promociones ocasionales que un supermercado de capital alemán solía organizar bajo la etiqueta de “gastronomía oriental”. Se dejó un bigote poblado, con las guías cuidadosamente retorcidas, y adquirió un rosario de mano o tesbih con el que jugaba perezosamente, intentando imitar a alguno de los personajes de las novelas que había leído.
Ahora que avanzaba veloz en su aprendizaje, comenzó a retomar sus viejos libros de autores turcos traducidos al español, intentando imaginar cada frase en su lengua original, incluso visualizándola sobre la página algo amarillenta. El hecho de ser capaz de entender, con mayor o menor dificultad, pero directamente a los autores durante tanto tiempo admirados, había cambiado su percepción de ellos de manera radical: de alguna forma se encontraba a su altura; era capaz de percibir sus verdaderas intenciones, incluso de cuestionar algunas de las soluciones argumentales que habían proporcionado. La personalidad de los diferentes escritores se le hacía evidente, como si de alguna forma les hubiese tratado de una forma hasta cierto punto familiar, a la manera de parientes lejanos, amigos de amigos o vecinos frecuentados durante años a los que pudiera interrogar.
A tanto llegó esta sensación o impresión de proximidad o conexión, que un día se sentó con su veterano ordenador portátil y comenzó a imaginar que traducía al español uno de los libros -ninguno determinado- que podría haber escrito cualquiera de ellos. Sin embargo, como en un efecto de cámara oscura, las palabras que redactaba y que aparecían en la pantalla estaban escritas en turco, y en un buen turco a juzgar por los conocimientos que ya iba acumulando. La sorpresa dio paso al placer y fueron pocos los días que hicieron falta para que aquel libro, que iba de alguna forma edificándose de manera autónoma, en una suerte de escritura automática, terminara o fuera terminado -“son”- .
La consecuencia de aquel suceso extraordinario era bastante obvia: consultó en internet un elenco de editoriales turcas y, una vez impreso el ejemplar de ¿su? novela, lo envió, acompañándolo de una carta (obviamente escrita en turco, esta vez algo más inseguramente ejecutada), ofreciéndolo al interés de tres editores. En quince o veinte días había recibido una respuesta, que, con escasa sorpresa por su parte, tradujo inmediatamente de manera afirmativa. Se le solicitaban algunos datos personales que, sin ningún rubor, falseó de manera que en su mensaje emergía una historia de exilios históricos desde la Chipre turca, hasta un lugar indeterminado del campo manchego por parte de algún abuelo migrante, después perfectamente asimilado a la realidad de los oscuros años del franquismo. Aquella era obviamente la razón de la conservación familiar de una lengua inverosímil. Incluso, asaltado por la urgencia de tal plausibilidad, consultó la procedencia de uno de sus apellidos, de resonancias vagamente orientales, no fuera que verdaderamente un periplo similar se hubiera producido en la realidad. Después llegó el viaje a Estambul para conocer a sus editores, así como la promoción del libro -a aquellas alturas su turco hablado era impecable-. Se le obsequió con un tour cultural por la ciudad, un discreto cóctel en la embajada española y la posibilidad de alojarse en un apartamento cercano a la Torre Gálata. Por las mañanas contemplaba el avance del dorado barniz resbaladizo del amanecer en sus paredes curvas y escuchaba las gaviotas, descendientes de aquellas bizantinas y antes griegas.
Tras dos meses de estancia fuera de su entorno habitual, en el que había soñado que era, primero, un viejo traductor del turco, y después un también viejo escritor de origen turco, la nostalgia del querer ser, del ejercimiento de la pura posibilidad aún sin desplegar o tomar forma, del permanecer en la piel de la realidad sin profundizar en ella, sin ser contaminado por lo definitivo del suceder, fue tomando posesión de su ánimo. Se sorprendió entonces cuando, de forma cada vez más frecuente, comenzó a no entender el turco. Al principio creyó que el cansancio le jugaba malas pasadas. Pero la velocidad a la que desaprendía aquella lengua que había verdaderamente llegado a dominar, era pasmosa. Pronto se sintió en la necesidad de pedir un traductor para poder atender los compromisos editoriales que aún le quedaban. Se perdía por las calles próximas a su residencia y terminó por no querer salir sin que alguien le acompañara. Finalmente, aduciendo problemas familiares urgentes, suspendió un par de entrevistas aún comprometidas, además de la última presentación de su novela y compró, casi a escondidas, un billete de avión.
Cuando llegó a Madrid, con absoluta naturalidad abrió la puerta de su casa y se hizo un té de manzana mientras deshacía la maleta. Al día siguiente comenzó a estudiar un método de japonés.



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